Dentro
de las cuatro creencias erróneas que la Disciplina Positiva cita para
comprender el comportamiento de un niño se encuentra la de INCAPACIDAD.
Me
quedo con dos de las acepciones con las que la RAE define a esta palabra:
1. Falta de capacidad para hacer, recibir o
aprender algo.
3. Falta de preparación o de medios para
realizar un acto.
Pues
bien, así es como muchos niños se sienten en sus casas, en las escuelas y en
sus círculos más cercanos, incapaces para realizar tareas y actividades que los
adultos consideramos que sí pueden llevar a cabo.
En
muchas ocasiones es muy complicado identificar la incapacidad del pequeño,
sobre todo si éste la enmascara tras un personaje cómico que aparentemente se
ríe de todo; o tras un carácter hostil y en continua actitud de defensa. En
otras ocasiones confundimos su incapacidad con llamadas de atención, y
decidimos aplicar una terapia conductual, ignorando, por ejemplo, el llanto del
niño, para que “aprenda” que así no se piden las cosas. Con esta actitud
potenciamos aún más su sentimiento de ineptitud.
Son
muchos los niños que hoy en día sienten que sus cualidades son insuficientes
para desempeñar tareas diarias. Vivimos en un mundo donde rige la competitividad,
y ésta se está llevando a su peor extremo,
convirtiéndose, por desgracia, en un principio de vida. Esta
competitividad se siembra desde pequeño, y genera estrés, ansiedad y bloqueo en
el mundo infantil. No digo que competir sea malo, la competición puede usarse
como estímulo para conseguir un principio útil para el pequeño y para su entorno,
pero rara vez se le da este sentido.
Para
identificar a un niño incapaz, Jane Nelsen nos recomienda realizar una mirada
introspectiva a nuestras emociones. Si la conducta del pequeño despierta en
nosotros emociones de impotencia, incapacidad y desesperanza, es muy posible
que el niño necesite aprender medios y herramientas para poder vencer su
percepción de incapacidad.
Esta
creencia errónea no aparece sola; aunque bien es cierto que todos nacemos con
una importante carga genética, no es menos cierto que tanto las relaciones
familiares como el ambiente en el que crecemos, modelan y determinan nuestra
personalidad.
Las
excesivas e inadecuadas exigencias por parte de los cuidadores, las
comparaciones continuas con iguales, los comentarios cargados de una fuerte
connotación negativa ante errores cometidos por los niños (“pero qué torpe que
eres”), o el rescate sucesivo del pequeño en situaciones normales pero que los
papás ven peligrosas, son la semilla perfecta para que un niño desarrolle un
sentimiento de incapacidad real.

Retomando
un poco el hilo del comienzo de este escrito, y analizando la creencia de la
incapacidad y lo que ello conlleva, nos encontramos con que este sentimiento
está íntimamente relacionado con la autoestima, y la autoestima, a su vez, está
relacionada con el autoconcepto. Son conceptos relacionados, pero no son
iguales.
El
autoconcepto
sería el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, cuáles son, a nuestro
entender, las características que nos definen como persona. La autoestima
sería lo que esperamos que podemos llegar a hacer con nuestras cualidades.
Cuando la distancia entre lo que pensamos que somos y lo que pensamos que podemos desarrollar es muy
grande, nuestra autoestima se tambalea; sin embargo, cuanto más ajustado esté
nuestro autoconcepto de nuestra autoestima, más sólida será esta última.
Por
lo tanto, para trabajar con un niño que se siente incapaz, lo primero que
tendríamos que averiguar es qué cualidades, aptitudes y dificultades considera
él que tiene. Esta información podemos obtenerla, por una parte, mediante
preguntas, y por otra, a través de la observación detallada y objetiva,
olvidando lo que nosotros esperamos del niño, ya que no educamos para
desarrollar en los niños nuestros anhelos, sino para desarrollar en el pequeño
herramientas de vida que lo ayuden a ser feliz.
Podríamos
decir que cuando el niño se siente satisfecho consigo mismo, tiene una sana
autoestima.
Basándome
en el libro “Cultivando Emociones”, apunto cuatro condiciones que influyen en
el desarrollo de la autoestima:
a)
Vinculación:
Aquí entrelazo con el núcleo central de la Disciplina Positiva, el sentimiento
de pertenencia, tan importante para la especie humana. Un niño, al igual que el
adulto, necesita saber que forma parte del grupo o familia. Esto le hace
sentirse querido e importante.
b)
Singularidad:
Aquí hablo de respeto por las características y el ritmo de desarrollo del
infante. Es cierto que existen etapas evolutivas, pero por favor, usemos
también el sentido común. Cada niño, cada persona, tenemos nuestro ritmo de
aprendizaje, y demos respetarlo. Como dije en otro artículo, la etapa de
inmadurez dura más de 20 años, así que tenemos mucho tiempo para que nuestros
hijos cumplan los objetivos de cada etapa, y si alguno no se cumple, tampoco
pasa nada. No nos agobiemos.
c)
Poder:
Muchos papás caemos en ocasiones en la creencia errónea del poder, pensamos que
sólo si demostramos a nuestros hijos que nosotros mandamos seremos buenos padres,
y no nos damos cuenta que no es necesario probar algo que ya tenemos. Esto ocurre,
posiblemente por pensar que empoderar a un niño es suprimir límites, es
permitir que haga lo que quiera, y esto es totalmente errado. Si no cedemos, de
forma adecuada, en este aspecto, estamos
incapacitando a los pequeños para realizar tareas que podrían realizar
perfectamente. ¡Atrevéos a ceder!, y así motivareis a los pequeños a
desarrollar capacidades que los harán sentirse útiles y capaces. No olvidemos que
el sentimiento de utilidad está muy relacionado con el de satisfacción y
bienestar.
d)
Modelos o pautas:
Nuestros hijos necesitan un modelo de referencia, y especialmente en las
primeras etapas infantiles, este punto será la familia. Posteriormente irá
cambiando (con la adolescencia por ejemplo, el modelo a imitar serán los
amigos). Por lo tanto, debemos ser muy cuidadosos con lo que decimos y sobre
todo con lo que hacemos, ya que sus neuronas imitarán a las nuestras. Insisto,
si queremos que el pequeño sea más ágil, no lo llamemos torpe por tropezar; y
si queremos que se prepare él solo el desayuno, no pongamos cara de enfado si
se le derrama la leche en la mesa, démosle una bayeta y que lo vuelva a
intentar. De esta forma estaremos capacitando y motivando.
Finalmente,
dos herramientas que nos ayudarán a mejorar el autoconcepto y la autoestima de
los infantes
1)
Hacer uso de una crítica
adecuada.
2)
Motivar en vez de
alabar.
Ambos
conceptos están muy relacionados; tal y como indica Goleman, la crítica
adecuada debe ir dirigida a la acción realizada y a la forma en que podría
realizarse, nunca hacia las características personales del pequeño o de la
persona.
Si el pequeño considera que “el
fracaso se debe a una carencia innata, pierde toda esperanza de transformar las
cosas y dejan de intentar cambiarlas” ( Goleman)
Una
crítica constructiva debe
reunir las siguientes características
1)
Concreta.
Que al pequeño le quede claro qué es lo que debería hacer de otra manera. Los
niños no son adivinos, y la ironía con ellos no funciona. Seamos claros y
concisos.
2) Enfocada en soluciones.
Esta es también una herramienta de Disciplina Positiva, el enfoque en
soluciones. No hagamos leña del árbol caído, analicemos con el pequeño lo que
ha sucedido y porqué y después, busquemos soluciones juntos para que las cosas
ocurran de otra manera.
3)
Estando presente.
Hagamos nuestros comentarios cara a cara, y a ser posible en privado. Los papás
no necesitamos justificar la conducta de nuestros pequeños ante nadie, ni
necesitamos mostrarle a los demás nuestras técnicas educativas, al menos en los
momentos en que tengamos que hacer una crítica a nuestros hijos.
4)
Actitud sensible.
Aquí es fundamental la empatía, y nos vendría muy bien aplicar el proceso de
integración desarrollado por Siegel y ya expuesto en mi artículo sobre las
emociones.
Sin
embargo, y esto es muy importante, no sólo tenemos que cuidar cómo hacemos la
crítica al niño, sino que además debemos enseñarlo
a recibir una crítica adecuadamente, exponiéndole los
beneficios de la misma, haciéndole ver que una crítica bien expresada contiene
una información importantísima que le ayudará a mejorar acciones y a conseguir
objetivos.
Del
mismo modo, y tal y como desarrollé en un escrito anterior, la motivación debe ir enfocada a la conducta,
ya que la alabanza no deja de ser una vinculación entre nuestros sentimientos y
nuestro estado de ánimo, con la conducta del niño, y esto es una
responsabilidad emocional muy grande e injusta para el pequeño; por ejemplo, “¡qué
contenta estoy porque te has comido toda la sopa!”. Bastaría con decir “¡Te has
comido la sopa tú solito!¡ seguro que a tu cuerpo le ha sentado muy bien!” El
niño toma consciencia de que ha sido él el que se ha tomado la comida sin ayuda
y que además aporta energía a su cuerpo. Con esta actitud, aprende a valorar
sus actos, con la alabanza aprende que si hace algo que a mamá le gusta, ésta
estará contenta, pero si no lo hace se enfadará. Tiene muchas papeletas para
desarrollar un miedo a intentar cosas complejas, ya que si no salen bien, sus
papás no estarán contentos.
Para
concluir, sólo indicar que si cedemos poder de forma equilibrada y ajustada a
las capacidades de los pequeños ( respetando siempre los límites), y aplicamos
correctamente la motivación y la crítica constructiva, los niños no sólo se
sentirán capacitados para desarrollarse como personas, sino que además se
sentirán útiles, y aprenderán a ser responsables de una forma saludable
emocionalmente hablando, ya que no tendrán miedo a equivocarse y no se
frustrarán por comentarios ajenos, muy al contrario, sacarán la parte positiva
de los mismos. Así que por favor, seamos valientes y demos el paso hacia el
cambio para una mejora en nuestros niños, ya que son la sociedad del mañana.